Mostrando entradas con la etiqueta Martín Grassi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martín Grassi. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de septiembre de 2012

La jaula de la filosofía: (Des)encuentros


Partamos de la base que todos los hombres somo filósofos; claro que para acordar en ese tipo de juicio, antes debamos consensuar en el significado de la palabra “filosofía”. Sin ponernos demasiado meticulosos y sin ser escolares, podríamos estar de acuerdo en decir que la filosofía es el modo reflexivo que tenemos de comprender la propia vida, en el sentido más total del término, es decir, sin dejar de lado ninguna de sus manifestaciones. De ser así, la filosofía es la manera en que la vida se expresa a sí misma con el arsenal conceptual y simbólico que está a nuestra disposición como hombres de una época y de una cultura. La vida, pues, se revela a sí misma en nuestra cotidianeidad y solicita ser comprendida, aún cuando tengamos la conciencia clara de que la vida es inefable en su acontecer: la reflexión y la palabra llegan siempre demasiado tarde a la epifanía del acontecimiento. Pero las cenizas del fuego aún están prendidas, las huellas del paso firme de la vida aún impresas... y no podemos quedarnos en la duda de quién haya sido el que avivo las brasas, o el que camino mis caminos. A pregunta por el sentido de la vida aparece sin más, sin pedir permiso, sin desempolvarse las sandalias frente a la entrada; no entra con nuestro permiso, irrumpe.
En nuestros corazones late el torrente del sentido, en todo hombre que se digne de ser tal corre la sangre del sentido. Y en ese cauce orillamos, tendemos nuestras carpas a la espera de una visita definitiva e inesperada. Cruzamos miradas y aguzamos el oído, mi vecino es parte de mi búsqueda, y nos sentamos a compartir un mate. Cada palabra se gusta como se gusta la yerba de la infusión, y en el reconocimiento de una duda y una consigna comunes, nos encontramos en la travesía que no conoce distancias, sino tan sólo abismos y alturas. Las inquietudes se hacen mundo en el habla que nos comunica; la ansiedad y la angustia, la tristeza y la alegría, la esperanza y la desesperación, la vida pasa de mano en mano, de boca en boca, como el pan que compartiera alguna vez un Cristo. Bebemos la sangre ajena, comemos la carne extraña, y las sabemos propias. Comulgamos. Somos uno y distintos a la vez, y el tiempo se nos regala sin miramientos. Todo (nos) es dado... y no hesitamos en acoger el presente generosamente prodigado.
Y sin embargo, estoy llamado a suscitar aquello que no puede ser jamás suscitado; estoy destinado a promocionar aquello que jamás podrá ser promocionado. Soy filósofo. Mi palabra debe despertar el encuentro... encuentro que sólo puede despertar el silencio. Estoy condenado a hablar, a preguntar, a cuestionar, a encerrar en un espacio a mis congéneres para compartir la misma sangre, como hermanos, como compañeros de un viaje interminable. Estoy condenado a hacerme hombre en un sitio donde aún no nos sabemos humanos, ni yo ni los otros. Expulsados de la humanidad, exiliados de nuestra existencia, nos sentamos en un aula para volver del desentierro... sin ser llamados, golpeamos la puerta para pedir que nos dejen volver a nuestra patria. ¡Qué paradoja la de llamar sin llamada! Adentro del Castillo –el aula, el taller, la conferencia, el libro-, nos es imposible atravesar la puerta de salida: estamos dentro, exiliados. Sentenciados por la palabra, el silencio se retrasa y rehuye el encierro. No me puedo abrir porque no tengo las llaves de mi existencia, esas llaves que siempre me alcanzará un otro... ese otro que no dejo que se revele, a quien desestimo su expresión callada, a quien hablo y no paro de hablo, a quien pregunto y cuestiono, a quién estorbo como el tábano. Mi profesión es un castigo: mi pena es la cicuta de la palabra, ese veneno que es salud si se disuelve en el silencio. ¿Cómo comunicar la filosofía en el silencio? ¿Cómo armar la tienda a la orilla de un parquímetro? Tengo una hora y media para encontrarnos en la vida que se esconde... ¡qué terrible desencuentro! Detrás de las rejas de esta jaula duerme la filosofía... y el domesticador del ave es, a un tiempo, quien quiere dejarla en libertad. Hablo conmigo mismo –escribo a mí mismo-, y el otro (me) sigue esperando. La filosofía es encuentro, y por ello es milagro... ¡Maldito apóstata el mago de la filosofía, quien con ilusiones vanas prestidigita lo asombroso! Mi única esperanza, el sentido último de mi vocación como profesor y escritor de filosofía, es silenciar mi canto, y dejar aparecer el coro de mis hermanos; es quebrar la vara del guía y ser tomado de la mano para caminar en compañía. ¡Qué gran comedia la de quien toma a su cargo la consigna de propiciar un encuentro! El encuentro que por ser tal es filosofía, y que sucede, sin técnicas ni previsiones. El encuentro que es diálogo por ser fluido, por no depender de nadie y ser de todos. Y, sin embargo, aquí estoy, escribiendo, hablando... Y aquí estamos nosotros: (des)encontrándonos...

Martín Grassi, Septiembre de 2012 

lunes, 18 de octubre de 2010

Tristeza: fondo y superficie (Martín Grassi)

En el fondo de uno mismo... ¿en el fondo? ¿qué fondo? ¿cuál es el fondo de uno mismo? ¿Acaso alguna vez alguien lo ha asido? ¿Acaso alguien ha acariciado lo que debajo de la piel yace? ¿A qué fondo nos referimos? ¿Y a qué nos referimos respecto a lo que no es fondo? Pues si hay un fondo, debe haber una superficie. Es cierto que solemos hablar de fondo y de superficie cuando hay en nosotros una jerarquía o diversidad de estratos que presentan los unos respecto a los otros la propiedad de la autenticidad. Así, cuando uno, por ejemplo, se arrepiente de algo, alega que en el fondo uno no ha querido infligir el mal que ha causado. Uno podría pensar que hay aquí una especie de mentira o excusa de su propia acción, y que el recurso a un fondo no es más que un modo de no hacerse responsable de sus propios actos. Ciertamente, muchas son las veces que recurrimos a un fondo para no hacer frente al acto realizado. Sin embargo, este recurso es esencialmente de tipo dialéctico, pues así como puede llevar a la máxima indiferencia respecto a uno mismo como actor de su propia vida, así también puede llevar a la máxima de las tomas de posición de sí. Es decir, cuando uno recurre al fondo, o bien se excusa o bien afirma que uno mismo se ha traicionado a sí mismo, es decir, reconoce que no es propio de él haber actuado de tal manera. Así, el recurso al fondo es, a la vez e indisociablemente, un camino hacia la inautenticidad y uno hacia la autenticidad.
A mi modo de ver es la tristeza el síntoma más elocuente de la falta de autenticidad del existente, siempre y cuando entendamos a la tristeza en su matriz metafísica. Me animo a definir la tristeza como el sentirse ajeno a uno mismo, es decir, a la atestación negativa de uno mismo: yo no soy lo que soy. Pero, a la vez, la tristeza supone la conciencia del ser propio de uno mismo, gracias a la cual denunciamos la alienación de sí mismo, es decir, supone la atestación positiva de uno mismo: yo no soy lo que soy. La tristeza como denuncia de la alienación de sí mismo, me parece ser la transposición vital de la paradoja que yace en la existencia humana: yo soy lo que no soy y no soy lo que soy. En esta paradoja, me parece, se encuentra la clave de una existencia que es siempre búsqueda de sí mismo y destino incierto pero cierto de ser uno mismo. Todos nuestros actos, entonces, se tiñen de tristeza en tanto que son incapaces de alcanzar ese fondo que se revela siempre en la superficie, y que le da su sentido como tal. Habría que detenernos un momento, al menos, para señalar dos posibles actitudes respecto a la dialéctica fondo-superficie: o bien hay un fondo que se manifiesta en la superficie y que intentamos alcanzar con la seguridad de quien puede, al final, alcanzarlo (lo propio de la esperanza), o bien se denuncia ese fondo como algo ilusorio que construimos para nuestro consuelo pero que en realidad no es tal, afirmando el absoluto sin-sentido de la existencia (lo cual es propio de la desesperación). La tristeza sería una especie de enclave de estas dos posibilidades fundamentales del hombre, y habría que ahondar sobre las implicancias mismas de estas posibilidades a la luz de las experiencias más significativas de la existencia humana, como la del amor-odio.
Caminantes en este valle de lágrimas, ¿podremos estar atentos al llamado que viene de nuestras entrañas, como la del hijo que en nuestro seno habita y que trae consigo el nombre que tanto anhelamos, el nombre propio?

domingo, 30 de mayo de 2010

¿Qué es la Verdad? (Martín Grassi)

Ante la pregunta por lo que sea la verdad, surge una primera objeción que es la que apunta a la posibilidad misma de la verdad: ¿acaso no es necesario saber que la verdad es de algún modo antes de poder afirmar lo que ella sea? Sin embargo, ya el preguntar sobre la verdad supone la realidad de la verdad, puesto que si dicha pregunta es vana o superflua, pues es verdad que la verdad no existe, lo cual es a las claras una contradicción. El caso de la pregunta por la verdad es análogo al de la pregunta por el ser, en tanto que ya estamos inmersos antes de cualquier interrogación tanto en el ser como en la verdad: si alguno de los dos faltase, entonces no habría pensamiento o interrogación posible.
Pero la pregunta central no es aquí si la verdad es, sino qué es la verdad. Y es aquí donde el pensamiento empieza a naufragar. Pero habría que preguntarnos, antes de avanzar sobre este terreno tan empantanado, si preguntar –como Pilato- qué es la verdad, es una pregunta válida. El silencio del Cristo pudiera ser el gesto de una desaprobación de la pregunta misma, que más bien busca excusarse de la Verdad que dirigirse a Ella. Es decir, cuando preguntamos qué es la verdad no preguntamos acerca de alguna verdad particular, como cuando preguntamos ¿es verdad que...?, sino más bien preguntamos por aquello que hace de toda verdad particular una verdad. Ahora bien, ¿puede considerarse como algo objetivo o definido aquello que es condición de posibilidad de toda objetivación y definición? O, análogamente, ¿podemos preguntar de qué color es la luz cuando no es reflejada por ningún cuerpo? Pareciera que cuando preguntamos por lo que es la Verdad, dejamos de preguntarnos por la Verdad, puesto que la consideramos como un ente más del mundo. Pero tampoco parece convencer el hecho de que sea una forma lógica o una estructura del pensamiento, en tanto que lo que hace que algo sea verdadero en concreto no puede ser algo absolutamente abstracto. De ser así, podríamos acceder a todas las verdades del mundo y de uno mismo por un análisis y un desarrollo de los principios lógicos, como si se tratara de construir una geometría de los seres y del ser.
Más bien, me parece que la Verdad está hermanada con el Ser, en tanto que en ambos nos movemos y vivimos, sin entender ni un poco lo que ellos sean. Aun así, tanto el Ser como la Verdad, en tanto que atmósfera de la vida existencial, no pueden ser de ningún modo algo que depende de cada uno tomado en su relatividad histórico-social, y, en este sentido, no creo que cada uno tenga su verdad, así como se tiene un instrumento a la mano. La condición que antes nos prohibía saber lo que sea la verdad, nos obliga a no considerarla como una cierta posesión. Lo mismo puede ser dicho al nivel cultural, como cuando se dice que cada civilización ostentaba una verdad distinta. Tal enfoque me parece además perder el peso existencial de la verdad auténtica, que es tal que hasta puede solicitar mi propia vida en favor de su defensa. Pues la Verdad sólo puede realizarse en la propia vida, así como se realiza una vocación o una exigencia a ser que nos es propio. Y esta misma atestación del valor de la verdad, me lleva a pensar que la verdad se revela en la comunión misma con el otro, es decir, que la verdad sólo es posible cuando hay junto a mí otro existente que me solicita y al cual estoy ob-ligado a responder, pues solo en la comunidad puedo llegar a ser alguien.
De alguna forma, el amor es la verdad, o la verdad es el amor. Toda diferencia cultural o dóxica queda en un segundo plano cuando amamos a quien delante tenemos, y la verdad que se identifica con el ser mismo en tanto que constituyen ambos el ámbito ontológico o la condición de nuestra existencia, no es sino el reconocimiento del valor del otro para mí y de mí mismo para el otro. Así como el punto de partida y fundamento del filosofar era en mi opinión la paradoja existencial, así la verdad que permite tal reconocimiento es que yo no me identifico ni con el Ser ni con la Verdad. Ambos tienen la forma de una exigencia: una exigencia a que cada uno sea, y que cada uno sea de modo auténtico, en su verdad de existente. Y más allá de las formas culturales y de los lenguajes, el amor es la única realidad que, por ser íntimamente vivida y por constituirnos como los existentes que somos en el nosotros de la comunidad amorosa, nos revela la verdad y la infinitud de su realidad. Pero esta cuestión debe ser retomada desde los análisis del amor y de la identidad del existente. En todo caso, lo que parece ser cierto sin necesidad de estos análisis es que la verdad es la afirmación de la paradoja existencial, por la cual debo afirmar que vivo en la Verdad en tanto que estoy infinitamente lejos de aprehenderla, y así que la Verdad es ante todo exigencia de Verdad. Esta paradoja, a la vez, nos obliga a afirmar que vivimos en la verdad tanto como en la no-verdad, y así la irrealidad y la mentira son también partes fundamentales de nuestra vida reflexiva. De algún modo, siempre estamos en presencia de la mentira, tendiendo a superarla por la atestación de una verdad que la descubre como tal aunque ésta no se nos dé objetivamente. Así, la mentira es siempre objetiva, mientras que la Verdad es aquello que hace del objeto algo verdadero, aunque ella misma no se nos ofrezca intelectivamente. De allí que sea exigencia y no cosa, y de allí que se refiera siempre a lo infinito, propio de lo que se presenta en el amor, y por lo cual cualquier intento de aprehender como una totalidad cerrada a una persona aparece como falso o ilusorio. La verdad empuja con la fuerza del amor a abandonar como definitiva cualquier concepción o imagen que tengamos de lo real, en tanto que alberga la infinitud y el misterio de ser, infinitud y misterio que se revela de modo privilegiado en el amor entre las personas, pero que también se revela en nuestro encuentro desprejuiciado y cándido con las cosas del mundo, encuentro impedido por el afán cotidiano de la supervivencia, y que la poesía y el arte buscan restablecer.

domingo, 2 de mayo de 2010

La paradoja como punto de partida del filosofar (Martín Grassi)

¿Cuál es el punto de partida del filosofar? Creo que habría que delimitar primero lo que significa la expresión "punto de partida" al aplicarlo a la filosofía. La "partida" supone siempre un estado inicial de reposo, a partir del cual se inicia un determinado movimiento. Pero dado que los movimientos pueden ser varios, también los puntos de partida parecen ser más de uno. Lo importante es, quizá, señalar la profunda implicación entre movimiento y punto de partida: uno y otro se definen mutuamente, puesto que un cierto movimiento exige un cierto punto de partida, así como un cierto punto de partida marcará un determinado movimiento. En el caso de la filosofía, podemos pensar en movimientos varios: el movimiento lógico del pensamiento, el movimiento existencial del filósofo, el movimiento histórico del pensamiento tomado en sus figuras históricas concretas. Así, habría -al menos- tres puntos de partida: 1)el principio de identidad, a partir del cual se genera la labor lógica del pensamiento; 2) la "crisis" (en su sentido más amplio, como quiebre o ruptura, pero también como oportunidad) del existente, que busca sanar su desequilibrio; 3) la tradición cultural de la cual nos servimos inevitablemente para plantear las preguntas, así como también para esbozar sus posibles respuestas.
Sin embargo, ninguno de estos puntos de partida se dan de un modo puro al hombre, como si fueran meramente dados a nosotros -como si se nos colocara en la primera casilla de un juego de mesa. Más bien, estos puntos ya implican nuestro movimiento mismo, el movimiento de cada quien, cosiderado como existente singular y único. El principio de identidad es tan sólo una formulación abstracta de un movimiento existencial que busca siempre la unidad y el equilibrio de sí y de lo otro, lo cual es propio también de la "crisis", en la cual nos reflejamos como incompletos, pero también propio de la cultura en tanto camino siempre inacabado y vuelto a emprender por la originalidad de cada uno. Y he aquí, creo, lo central: el movimiento de la filosofía -y, por tanto, su punto de partida- es uno y el mismo: el ser que busca el ser. Pero este movimiento es justamente el de la paradoja: es tan cierto decir que somos como decir que no somos. No es que el principio de identidad se quibre, sino que el Ser no se presenta nunca como algo acabado a nosotros, ni en su ser-sujeto que realizamos, ni en su ser-objeto de pensamiento (y aún esta doble caracterización falsea al mismo Ser, que trasciende las mismas categorías de sujeto y objeto). El Ser parece más bien una invitación a una realización. Y aquí parece ser verdad que solo buscamos aquello que ya hemos encontrado de algún modo. La paradoja es el corazón de la filosofía, paradoja que se encuentra ya en su punto de partida, que es, al mismo tiempo, movimiento. No hay un "punto cero" de la filosofía, la filosofía es "ya-siempre-camino", y esto porque ya el Ser se presenta antes de ser cuestionado y aparece gracias a su ser cuestionado. Claro que este camino se ilumina en la toma de conciencia de la paradoja y de sus momentos, pero creo que se falseará todo filosofar si nos atenemos tan sólo a los productos abstratos de este movimiento tomados como absolutos, es decir, como independientes del movimiento o como "anteriores" al movimiento. Me parece una concepción demasiado mecanicista y naturalista (técnica, en una palabra) la de pensar que un punto de partida es un estado puro de posibilidad que necesita ser actualizado, como si fuera el primer eslabón de una cadena que significa la construcción pura y diáfana, transparente a sí misma, de un filosofar. Más bien, la filosofía me parece más cercana al arte que a la geometría, por su caracter paradojal. Y la paradoja nos abre ya a lo Otro frente a lo cual nos situamos y que nos define por dentro, y que es uno de los lados del corazón de la paradoja (el uno atravesado por lo otro, el ser atravesado por la nada, el movimiento atravesado por el reposo, y todas estas puestas a la inversa). Y este Otro se presenta en su ser exigencia existencial de ser y no como objeto a definir. De este modo, el punto de partida de la filosofía -que se asimila al movimiento del existente en el seno del Ser- es a la vez de carácter especulativo y ético. Que el ser sea y no sea a un tiempo ante nosotros, es la certeza que fundamenta y pone en marcha el movimiento todo del filosofar.

lunes, 29 de marzo de 2010

¿Qué es la filosofía? ¿Por qué filosofamos? (Martín Grassi)

Creo que la filosofía es la experiencia de un alejamiento respecto de la vida cotidiana que emprendemos en orden a establecer la crítica de lo ordinario, y así poder vivir de modo auténticamente humano, o mejor, llegar a ser lo que somos. Es la experiencia gracias a la cual desnudamos todo nuestro ser para encontrar ese nombre que nos corresponde. Para eso, creo, es necesario romper todos los muros construidos por las lógicas del entorno socio-cultural para abrir así el horizonte de lo posible, el horizonte de la libertad. Pero a este momento negativo de crítica y destrucción le sucede el momento positivo de creación: al vivir libremente, buscamos ser nosotros mismos. Pero este "ser nosotros mismos" implica saber quiénes somos, y tal es la principal pregunta que, creo, corresponde a la filosofía: ¿quién soy yo? a esta pregunta no corresponde una solución -como si se tratara de una ecuación matemática-, sino la respuesta vital de la realización de sí (en última instancia una respuesta que se hace acción, una respuesta que se hace ética).
Así, me parece que la filosofía es a la vez una preparación para la vida y una propedéutica para el morir. Gracias a la filosofía vivimos dentro nuestro, vivimos nuestra propia vida y no la vida que nos quieren imponer otros, esa "vida mecánica" (¡¡qué terrible contradicción!!). Y gracias a la filosofía nos preparamos a recibir la muerte como la prueba necesaria ante la cual me realizo a mí mismo, como la prueba última en la que se presenta la ocasión sin porvenir de gritar MI nombre. ¿Pero acaso puede morir como hombre quien no ha vivido como tal?